miércoles, 24 de julio de 2019

T22. I. El mensaje de la relación santa


*T22. I. El mensaje de la relación santa*

1. Deja que la razón dé otro paso. Si atacas a quien Dios quiere sanar y odias a quien Él ama, entonces tú y tu Creador tenéis voluntades diferentes. Pero si tú eres Su Voluntad, entonces debes creer que tú no eres quien eres. Puedes ciertamente creer esto y, de hecho, lo crees. Y tienes fe en ello y encuentras muchas pruebas a su favor. ¿Y de dónde procede, te preguntas, tu extraño desasosiego, tu sensación de estar desconectado y tu constante temor de que tú no signifiques nada? Es como si hubieses llegado hasta aquí a la deriva, sin ningún plan, excepto el de seguir vagando, pues sólo eso parece seguro.

2. Sin embargo, hemos oído una descripción muy similar anteriormente, pero no se refería a ti. Aun así, crees ser esa extraña idea que con tanta precisión se describe ahí. La razón te diría que es imposible que el mundo que ves a través de ojos que no son los tuyos tenga sentido para ti. ¿A quién le devolvería sus mensajes esta forma de ver? Ciertamente no a ti, cuya visión es totalmente independiente de los ojos que contemplan al mundo. Si ésa no es tu visión, ¿qué podría mostrarte? El cerebro no puede interpretar lo que tu visión ve. Esto tú lo puedes comprender. El cerebro interpreta para el cuerpo del que forma parte. Pero tú no puedes comprender lo que dice. Sin embargo, lo has escuchado. Y te has esforzado durante mucho tiempo por entender sus mensajes.

3. No te has dado cuenta de que es imposible que puedas entender lo que nunca puede llegar hasta ti. Jamás has recibido mensaje alguno que hubieses podido entender. Pues has estado prestándole oídos a algo que no puede comunicarse en absoluto. Examina, entonces, lo que ha sucedido. Al negar lo que eres, y al estar firmemente convencido de que eres otra cosa, esa "otra cosa" que tú has creído ser se ha convertido en tus ojos. Sin embargo, debe ser esa "otra cosa" la que ve, y al no ser quien tú eres te explica lo que ve. Tu verdadera visión haría, por supuesto, que todo esto fuese innecesario. Pero si tus ojos están cerrados y le pides a esa cosa que te dirija y te explique el mundo que ve, no verás razón alguna, para no escuchar lo que te dice ni para sospechar que no es verdad. La razón te diría que es imposible que sea verdad porque tú no lo entiendes. Dios no tiene secretos. Él no te conduce por un mundo de sufrimiento, esperando hasta el final de la jornada para decirte por qué razón te hizo pasar por eso.

4. ¿Qué podría mantenerse oculto de la Voluntad de Dios? Sin embargo, tú crees tener secretos. ¿Qué podrían ser esos secretos sino otra "voluntad" tuya propia, separada de la Suya? La razón te diría que esto no es un secreto que deba ocultarse como si se tratase de un pecado. Pero ciertamente es un error. No permitas que tu temor del pecado impida la corrección del error, pues la atracción que ejerce la culpabilidad es sólo miedo. He aquí la única emoción que has inventado, independientemente de lo que aparente ser. He aquí la emoción de los secretos, de los pensamientos privados y del cuerpo. He aquí la emoción que se opone al amor y que siempre conduce a la percepción de diferencias y a la pérdida de la igualdad. He aquí la única emoción que te mantiene en las tinieblas, dependiente de ese otro ser que tú crees haber inventado para que te guíe por el mundo que él fabricó para ti.

5. La visión se te concedió, junto con todo lo que puedes comprender. No te resultará difícil comprender lo que esta visión te dice, pues todo el mundo ve sólo lo que cree ser. Y tú comprenderás lo que tu visión te muestre porque es la verdad. Únicamente tu visión puede comunicarte lo que puedes ver. Te llega directamente, sin necesidad de ninguna interpretación. Lo que necesita interpretación tiene que ser algo ajeno a ti. Y un intérprete al que no entiendes nunca podrá hacer que ello sea inteligible para ti.

6. De todos los mensajes que has recibido y que no has entendido, sólo este curso está al alcance de tu entendimiento y puede ser entendido. Éste es tu idioma. Aún no lo entiendes porque tu comunicación es todavía como la de un bebé. No se puede dar credibilidad a los balbuceos de un bebé ni a lo que oye, ya que los sonidos tienen un significado diferente para él, según la ocasión. Y ni los sonidos que oye ni las cosas que ve son aún estables. Pero lo que oye y todavía no comprende será algún día su lengua materna, a través de la cual se comunicará con los que le rodean y ellos con él. Y esos seres extraños y cambiantes que se mueven a su alrededor serán quienes lo consuelen, y él reconocerá su hogar y los verá allí junto con él.

7. Así es como renace en cada relación santa la capacidad de comunicar en vez de la de separar. Mas una relación santa, que apenas acaba de renacer de una relación no santa, y que, sin embargo, es más antigua que la vieja ilusión que acaba de reemplazar, es como un bebé que ahora renaciera. Pero con este bebé se te devuelve la visión, ya que te hablará en un idioma que podrás entender. Este bebé no se nutre de "aquello otro" que tú creías ser. No fue dado ahí, ni tampoco fue recibido por nada excepto por ti mismo. Pues no es posible que dos hermanos se puedan unir, excepto a través de Cristo, Cuya visión los ve como uno.

8. Santo hermano mío, piensa en lo que se te ha dado. Este infante te explicará lo que no entiendes y te lo presentará de una manera muy clara. Pues su idioma no será una lengua extraña. Él no necesitará ningún intérprete para comunicarse contigo, pues fuiste tú quien le enseñó lo que sabe debido a que tú lo sabías. Él no habría podido acudir a nadie excepto a ti, nunca a "aquello otro". Donde Cristo ha entrado nadie está solo, pues Él nunca podría encontrar Su morada entre los que creen estar separados. Mas Él tiene que renacer en Su hogar de antaño -tan aparentemente nuevo, y, sin embargo, tan inmemorial como Él- como un pequeño recién llegado que depende de la santidad de tu relación para sobrevivir.

9. Ten por seguro que Dios no puso a Su Hijo en manos de quien no es digno de él. Solamente lo que es parte de Dios es digno de estar unido. Y es imposible que nada que no sea parte de Él pueda unirse. La comunicación tiene que haberse restablecido entre los que se unen, ya que nunca se habrían podido unir a través de sus cuerpos. ¿Qué es lo que los ha unido, entonces? La razón te diría que tuvieron que haberse visto el uno al otro a través de una visión que no era del cuerpo y haberse comunicado en un lenguaje que el cuerpo no habla. No pudo tampoco haber sido una visión o sonido atemorizante lo que tan dulcemente los unió. Fue más bien que cada uno vio en el otro un perfecto refugio donde su Ser podía renacer a salvo y en paz. Así se lo dijo la razón y así lo creyó porque era la verdad.

10. He aquí la primera percepción directa que puedes construir. Y la construyes a través de una conciencia que es más antigua que la percepción, y que, sin embargo, renace en un instante. Pues ¿qué es el tiempo para lo que siempre ha sido como es? Observa lo que ese instante trajo consigo: el reconocimiento de que "aquello otro" que tú pensabas ser, era sólo una ilusión. Y la verdad brotó instantáneamente, para mostrarte dónde se encuentra tu Ser. Al negar las ilusiones invitas a la verdad, pues al negarlas reconoces que el miedo no significa nada. En el santo hogar donde el miedo es impotente el amor entra dando las gracias, agradecido de ser uno con vosotros que os unisteis para dejarlo entrar.

11. Cristo acude a lo que es semejante a Él; a lo que es lo mismo, no a lo que es diferente. Pues siempre se siente atraído hacia Sí Mismo. ¿Qué se asemeja más a Él que una relación santa? Y lo que hace que tú te sientas atraído hacia tu hermano, es lo que hace que Él se sienta atraído hacia ti. Ahí Su dulzura y Su benévola inocencia están a salvo del ataque. Y ahí Él puede regresar con confianza, pues la fe que depositas en otro es la fe que depositas en Él. No cabe duda de que estás en lo cierto al considerar a tu hermano el hogar que Cristo ha elegido, pues al hacer eso ejerces tu voluntad junto con la de Cristo y la de Su Padre. Esto es lo que la Voluntad de tu Padre dispone para ti, y la tuya junto con la de Él. Y el que se siente atraído hacia Cristo se siente atraído hacia Dios tan irremediablemente como Cristo y Dios se sienten atraídos hacia toda relación santa: la morada que ha sido preparada para Ellos a medida que la tierra se convierte en el Cielo.

22. LA SALVACIÓN Y LA RELACIÓN SANTA: Introducción


*22. LA SALVACIÓN Y LA RELACIÓN SANTA* 


*Introducción* 


1. Ten piedad de ti mismo, tú que por tanto tiempo has estado esclavizado. Regocíjate de que los que Dios ha unido se han juntado y ya no tienen necesidad de seguir contemplando el pecado por separado. No es posible que dos individuos puedan contemplar el pecado juntos, pues nunca podrían verlo en el mismo sitio o al mismo tiempo. El pecado es una percepción estrictamente personal, que se ve en el otro, pero que cada uno cree que está dentro de sí mismo. Y cada uno parece cometer un error diferente, que el otro no puede comprender. Hermano, se trata del mismo error, cometido por lo que es lo mismo, y perdonado por su hacedor de igual manera. La santidad de tu relación os perdona a ti y a tu hermano, y cancela los efectos de lo que ambos creísteis y visteis. Y al desaparecer dichos efectos, desaparece también la necesidad del pecado.

2. ¿Quién tiene necesidad del pecado? Únicamente los que deambulan por su cuenta y en soledad, creyendo que sus hermanos son diferentes de ellos. Es esta diferencia, que aunque es visible no es real, lo que hace que el pecado, que si bien no es real es visible, parezca estar justificado. Todo esto sería real si el pecado lo fuese. Pues una relación no santa se basa en diferencias y en que cada uno piense que el otro tiene lo que a él le falta. Se juntan, cada uno con el propósito de completarse a sí mismo robando al otro. Siguen juntos hasta que piensan que ya no queda nada más por robar, y luego se separan. Y así, vagan por un mundo de extraños, distintos de ellos, viviendo tal vez con los cuerpos de esos extraños bajo un mismo techo que a ninguno de ellos da cobijo; en la misma habitación y, sin embargo, a todo un mundo de distancia.

3. La relación santa parte de una premisa diferente. Cada uno ha mirado dentro de sí y no ha visto ninguna insuficiencia. Al aceptar su compleción, desea extenderla uniéndose a otro, tan pleno como él. No ve diferencias entre su ser y el ser del otro, pues las diferencias sólo se dan a nivel del cuerpo. Por lo tanto, no ve nada de lo que quisiera apropiarse. No niega su propia realidad porque ésta es la verdad. Él se encuentra justo debajo del Cielo, pero lo bastante cerca como para no tener que retornar a la tierra. Pues esta relación goza de la santidad del Cielo. ¿Cuán lejos del hogar puede estar una relación tan semejante al Cielo?

4. ¡Piensa en lo que una relación santa te podría enseñar! En ella desaparece la creencia en diferencias. En ella la fe en las diferencias se convierte en fe en la igualdad. Y en ella la percepción de diferencias se transforma en visión. La razón puede ahora llevaros a ti y a tu hermano a la conclusión lógica de vuestra unión. Ésta se tiene que extender, de la misma forma en que vosotros os extendisteis al uniros. La unión tiene que extenderse más allá de sí misma, tal como vosotros os extendisteis más allá del cuerpo para hacer posible vuestra unión. Y ahora la igualdad que visteis se extiende y elimina finalmente cualquier sensación de diferencia, de modo que la igualdad que yace bajo todas las diferencias se hace evidente. Éste es el círculo áureo en el que reconocéis al Hijo de Dios. Pues lo que nace en una relación santa es imperecedero.

sábado, 20 de julio de 2019

T21. VIII. El cambio interno


*T21. VIII. El cambio interno*

1. ¿Son, entonces, peligrosos  los  pensamientos?  ¡Para  los  cuerpos  sí! Los  pensamientos  que  parecen destruir  son aquellos  que  le  enseñan  al  pensador que  él  puede  ser destruido.  Y  así, "muere"  por razón  de  lo que  aprendió. Pasa  de  la  vida  a  la  muerte,  la  prueba  final  de  que  valoró  lo efímero más que  lo constante.  Seguramente  creyó  que  quería  la  felicidad. Mas  no la  deseó  porque  la  felicidad es la  verdad, y,  por lo tanto,  tiene  que  ser constante.

2. Una  dicha  constante  es  una  condición completamente  ajena  a  tu entendimiento. No obstante,  si pudieses  imaginarte  cómo sería  eso, lo desearías  aunque  no lo entendieses. En  esa  condición de constante  dicha  no hay excepciones  ni  cambios  de  ninguna  clase. Es  tan inquebrantable  como  lo es el  Amor de  Dios  por Su creación.  Al  estar tan  segura  de  su visión como  su Creador  lo está  de  lo que Él  sabe, la  felicidad contempla  todo  y ve  que  todo es  uno. No ve  lo  efímero,  pues  desea  que  todo sea  como ella  misma, y así  lo  ve. Nada  tiene  el  poder de  alterar  su constancia  porque  su propio deseo no puede  ser conmovido.  Les  llega  a  aquellos  que  comprenden  que  la  última  pregunta  es necesaria  para  que  las  demás  queden  contestadas,  del  mismo  modo en que  la  paz  tiene  que  llegarles a  quienes  eligen curar  y no juzgar.

3. La  razón te  dirá  que  no puedes  pedir  felicidad de  una  manera  inconsistente. Pues  si  lo que  deseas se  te  concede,  y la  felicidad es  constante, entonces  no necesitas  pedirla  más  que  una  sola  vez  para gozar  de  ella  eternamente.  Y  si  siendo lo  que  es  no gozas  de  ella  siempre, es  que  no la  pediste.  Pues nadie  deja  de  pedir  lo que  desea  a  lo que  cree  que  tiene  la  capacidad  de  concedérselo.  Tal  vez  esté equivocado con  respecto a  lo que  pide,  dónde  lo pide  y a  qué  se  lo  pide. No obstante,  pedirá  porque desear  algo es  una  solicitud,  una  petición, hecha  por alguien a  quien Dios  Mismo nunca  dejaría  de responder.  Dios  ya  le  ha  dado todo lo que  él  realmente  quiere. Mas  aquello  de  lo que  no está  seguro, Dios  no se  lo puede  dar. Pues  mientras  siga  estando  inseguro es  que  no lo  desea  realmente, y la dación de  Dios  no podría  ser completa  a  menos  que  se  reciba.

4.  Tú que  completas  la  Voluntad de  Dios  y que  eres  Su felicidad;  tú cuya  voluntad es  tan  poderosa como  la  Suya, la  cual  es  un poder que  no puedes  perder  ni  en  tus  ilusiones, piensa  detenidamente por qué  razón no has  decidido todavía  cómo  vas  a  contestar la  última  pregunta.  Tu  respuesta  a  las otras  te  ha  ayudado  a  estar  parcialmente  cuerdo.  Es  la  última,  no obstante,  la  que  realmente pregunta  si  estás  dispuesto  a  estar completamente  cuerdo.

5. ¿Qué  es  el  instante  santo, sino el  llamamiento  de  Dios  a  que  reconozcas  lo que  Él  te  ha  dado?  He aquí  el  gran  llamamiento a  la  razón;  a  la  conciencia  de  lo que  siempre  está  ahí  a  la  vista;  a  la felicidad que  podría  ser siempre  tuya. He  aquí  la  paz  constante  que  podrías  experimentar siempre. He  aquí  revelado  ante  ti  lo  que  la  negación  ha  negado. Pues  aquí  la  última  pregunta  ya  está contestada,  y lo que  pides, concedido.  Aquí  el  futuro  es  ahora, pues  el  tiempo  es  impotente  ante  tu deseo de  lo que  nunca  ha  de  cambiar. Pues  has  pedido que  nada  se  interponga  entre  la  santidad de  tu relación  y tu conciencia  de  esa  santidad.

T21. VII. La última pregunta que queda por contestar


*T21. VII. La última pregunta que queda por  contestar*

1. ¿No te  das  cuenta  de  que  todo  tu sufrimiento procede  de  la  extraña  creencia  de  que  eres impotente? Ser impotente es el precio del pecado. La impotencia es la condición que impone el pecado, el requisito que exige para que se pueda creer en él. Sólo los impotentes podrían creer en el pecado. La enormidad no tiene atractivo, excepto para los insignificantes. Y sólo los que primero creen ser insignificantes podrían sentirse atraídos por ella. Traicionar al Hijo de Dios es la defensa de los que no se identifican con él. Y tú, o estás de su parte o contra él: o lo amas o lo atacas, o proteges su unidad o lo consideras fragmentado y destruido como consecuencia de tu ataque.

2. Nadie cree que el Hijo de Dios sea impotente. Y aquellos que se ven a sí mismos como impotentes deben creer que no son el Hijo de Dios. ¿Qué podrían ser, entonces, sino su enemigo? ¿Y qué podrían hacer sino envidiarle su poder, y, como consecuencia de su envidia, volverse temerosos de dicho poder? Éstos son los siniestros, los silenciosos y atemorizados, los que se encuentran solos e incomunicados, y los que, temerosos de que el poder del Hijo de Dios los aniquile de un golpe, levantan su impotencia contra él. Se unen al ejército de los impotentes, para librar su guerra de venganza, amargura y rencor contra él, a fin de que él se vuelva uno con ellos. Y puesto que no saben que son uno con él, no saben a quien odian. Son en verdad un ejército lamentable, cada uno de ellos tan capaz de atacar a su hermano o volverse contra sí mismo, como de recordar que una vez todos creyeron tener una causa común.

3. Los siniestros dan la impresión de estar frenéticos, de ser vociferantes y fuertes. Mas no saben quién es su "enemigo", sino sólo que lo odian. El odio los ha congregado, pero ellos no se han unido entre sí. Pues si lo hubieran hecho no serían capaces de abrigar odio. El ejército de los impotentes se desbanda en presencia de la fortaleza. Los que son fuertes son incapaces de traicionar porque no tienen necesidad de tener sueños de poder ni de exteriorizarlos. ¿De qué manera puede actuar un ejército en sueños? De cualquier manera. Podría vérsele atacando a cualquiera con cualquier cosa. Los sueños son completamente irracionales. En ellos, una flor se puede convertir en una lanza envenenada, un niño en un gigante y un ratón puede rugir como un león. Y con la misma facilidad el amor puede trocarse en odio. Esto no es un ejército, sino una casa de locos. Lo que parece ser un ataque concertado no es más que un pandemónium.

4. El ejército de los impotentes es en verdad débil. No tiene armas ni enemigo. Puede ciertamente invadir el mundo y buscar un enemigo. Pero jamás podrá encontrar lo que no existe. Puede ciertamente soñar que encontró un enemigo, pero éste cambia incluso mientras lo está atacando, de modo que corre de inmediato a buscarse otro, y nunca consigue cantar victoria. Y a medida que corre se vuelve contra sí mismo, pensando que tuvo un pequeño atisbo del gran enemigo que siempre elude su ataque asesino convirtiéndose en alguna otra cosa. ¡Cuán traicionero parece ser ese enemigo, que cambia tanto que ni siquiera es posible reconocerlo!

5. El odio, no obstante, tiene que tener un blanco. No se puede tener fe en el pecado sin un enemigo. ¿Quién, que crea en el pecado, podría atreverse a creer que no tiene enemigos? ¿Podría admitir que nadie lo hizo sentirse impotente? La razón seguramente le diría que dejase de buscar lo que no puede ser hallado. Sin embargo, tiene primero que estar dispuesto a percibir un mundo donde no hay enemigos. No es necesario que entienda cómo sería posible que él pudiese ver un mundo así. Ni siquiera debería tratar de entenderlo. Pues si pone su atención en lo que no puede entender, no hará sino agudizar su sensación de impotencia y dejar que el pecado le diga que su enemigo debe ser él mismo. Pero deja que se haga a sí mismo las siguientes preguntas con respecto a las cuales tiene que tomar una decisión, para que ésto se lleve a cabo por él: ¿Deseo un mundo en el que gobierno yo en lugar de uno que me gobierna a mí? ¿Deseo un mundo en el que soy poderoso en lugar de uno en el que soy impotente? ¿Deseo un mundo en el que no tengo enemigos y no puedo pecar? ¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?

6. Tal vez ya hayas contestado las tres primeras preguntas, pero todavía no has contestado la última. Pues ésta aún parece temible y distinta de las demás. Mas la razón te aseguraría que todas ellas son la misma. Dijimos que en este año se haría hincapié en la igualdad de las cosas que son iguales. Esta última pregunta, que es en verdad la última acerca de la cual tienes que tomar una decisión, todavía parece encerrar una amenaza para ti que las otras ya no poseen. Y esta diferencia imaginaria da testimonio de tu creencia de que a lo mejor la verdad es el enemigo con el que aún te puedes encontrar. En esto parece residir, pues, la última esperanza de encontrar pecado y de no aceptar el poder.

7. No olvides que la elección entre el pecado y la verdad, o la impotencia y el poder, es la elección entre atacar y curar. Pues la curación emana del poder, y el ataque, de la impotencia. Es imposible que quieras curar a quien atacas. Y el que deseas que sane tiene que ser aquel que decidiste que estuviese a salvo del ataque. ¿Y qué otra cosa podría ser esta decisión, sino la elección entre verle a través de los ojos del cuerpo, o bien permitir que te sea revelado a través de la visión? La manera en que esta decisión da lugar a sus efectos no es tu problema. Pero tú decides lo que quieres ver. Éste es un curso acerca de causas, no de efectos.

8. Considera detenidamente qué respuesta vas a dar a esa última pregunta que todavía no has contestado. Y deja que la razón te diga que debe ser contestada, y que su contestación reside en las otras tres. Te resultará evidente entonces que cuando observes los efectos del pecado en cualquiera de sus formas, lo único que necesitarás hacer es simplemente preguntarte a ti mismo lo siguiente: ¿Es esto lo que quiero ver? ¿Es esto lo que deseo?

9. Ésta es tu única decisión, la base de lo que ocurre. No tiene nada que ver con la manera en que ocurre, pero sí con el por qué. Pues sobre esto tienes control. Y si eliges ver un mundo donde no tienes enemigos y donde no eres impotente, se te proveerán los medios para que lo veas.

10. ¿Por qué es tan importante esta última pregunta? La razón te dirá por qué. Es igual a las otras tres, salvo en lo que respecta al tiempo. Las otras son decisiones que puedes tomar, volverte atrás y luego volverlas a tomar. Pero la verdad es constante, e implica un estado en el que las vacilaciones son imposibles. Puedes desear un mundo en el que tú gobiernas y no uno que te gobierna a ti, y luego cambiar de parecer. Puedes desear intercambiar tu impotencia por poder, y luego perder ese deseo cuando un ligero destello de pecado te atrae. Y puedes desear ver un mundo incapaz de pecar, y, sin embargo, permitir que un "enemigo" te tiente a usar los ojos del cuerpo y a cambiar de parecer.

11. El contenido de todas esas preguntas es el mismo. Pues cada una de ellas te pregunta si estás dispuesto a intercambiar el mundo del pecado por lo que el Espíritu Santo ve, puesto que es esto lo que el mundo del pecado niega. Los que ven el pecado, por lo tanto, están viendo la negación del mundo real. Sin embargo, la última pregunta suma a tu anhelo de querer ver el mundo real el deseo de permanencia, de tal forma que ese deseo se convierta en el único que tengas. Si contestas esta última pregunta con un "sí", añades sinceridad a las decisiones que ya has tomado con respecto a las demás. Pues sólo entonces habrás renunciado a la opción de poder cambiar de parecer nuevamente. Cuando eso deje de interesarte, las otras preguntas quedarán perfectamente contestadas.

12. ¿Por qué crees que no estás seguro de que las otras preguntas hayan sido contestadas? ¿Sería acaso necesario plantearlas con tanta frecuencia si ya se hubiesen contestado? Hasta que no se haya tomado la decisión final, la respuesta será a la vez un "sí" y un "no". Pues has contestado "sí" sin darte cuenta de que "sí" tiene que significar "que no has dicho no". Nadie decide en contra de su propia felicidad, pero puede hacerlo si no se da cuenta de que eso es lo que está haciendo. Y si él ve su felicidad como algo que cambia constantemente, es decir, ahora es esto, luego otra cosa, y más tarde una sombra elusiva que no está vinculada a nada, no podrá sino decidir en contra de ella.

13. La felicidad elusiva, la que cambia de forma según el tiempo o el lugar, es una ilusión que no significa nada. La felicidad tiene que ser constante porque se alcanza mediante el abandono del deseo de lo que no es constante. La dicha no se puede percibir excepto a través de una visión constante. Y la visión constante sólo se les concede a aquellos que desean la constancia. El poder del deseo del Hijo de Dios sigue siendo la prueba de que todo aquel que se considera a sí mismo impotente está equivocado. Desea lo que quieres, y eso será lo que contemplarás y creerás que es real. No hay un solo pensamiento que esté desprovisto del poder de liberar o de matar. Ni ninguno que pueda abandonar la mente del pensador, o dejar de tener efectos sobre él.

T21. VI. La razón en contraposición a la locura


*T21. VI. La razón en contraposición a la locura*

1. La  razón no puede  ver pecados  pero sí  puede  ver  errores, y propicia  su corrección.  No les  otorga valor, pero sí  otorga  valor a  su corrección. La  razón  te  diría  también  que  cuando crees  estar pecando, estás  de  hecho  pidiendo  ayuda. No obstante,  si  no aceptas  la  ayuda  que  estás  pidiendo, tampoco creerás  que  puedes  darla. De  modo  que  no la  darás,  y así  no renunciarás  a  esa  creencia. Pues  cualquier clase  de  error  que  no haya  sido corregido, te  engaña  con respecto  al  poder que  reside en  ti  para  llevar  a  cabo  la  corrección.  Si  dicho poder puede  llevar a  cabo  la  corrección,  y tú no se  lo permites, te  estás  negando  la  corrección  a  ti  mismo así  como a  tu  hermano.  Y  si  él  comparte  contigo esta  misma  creencia, ambos  creeréis  estar condenados. Puedes  evitarle  esto a  él  y evitártelo a  ti, pues  la  razón no facilitaría  la  corrección  únicamente  en ti.

2. No puedes  aceptar o rechazar  la  corrección  sin incluir  a  tu hermano. El  pecado  mantendría  que  sí puedes. Mas  la  razón te  dice  que  no puedes  considerar  a  tu hermano o a  ti  mismo  como un pecador y seguir  percibiéndolo a  él  o percibiéndote  a  ti  mismo  como inocente.  ¿Quién que  se  considere  a  sí mismo  culpable  podría  ver un mundo  libre  de  pecado?  ¿Y  quién  puede  ver un mundo  pecaminoso y considerarse  al  mismo tiempo ajeno a  ese  mundo?  El  pecado  mantendría  que  tú y tu hermano no podéis  sino estar separados. Pero la  razón te  dice  que  esto tiene  que  ser un error. Pues  si  estáis unidos, ¿cómo ibais  a  poder tener pensamientos  privados?  ¿Y  cómo  podría  ser que  los  pensamientos que  se  adentran  en lo que  sólo parece  ser tuyo  no tuviesen ningún  efecto  en lo que  sí  es  tuyo?  Si  las mentes  están  unidas, eso es  imposible.

3. Nadie  puede  pensar por separado,  tal  como Dios  no piensa  sin Su Hijo.  Eso sería  posible únicamente  si  los  dos  morasen en  cuerpos.  Tampoco podría  ninguna  mente  pensar por separado a menos  que  el  cuerpo  fuese  la  mente.  Pues  únicamente  los  cuerpos  pueden estar  separados, y, por lo tanto, ser irreales. La  morada  de  la  demencia  no puede  ser la  morada  de  la  razón. Pero es  fácil abandonar dicha  morada  si  ves  la  razón.  No puedes  abandonar la  demencia  trasladándote  a  otro lugar. La  abandonas  simplemente  aceptando  la  razón  en el  lugar que  antes  ocupaba  la  locura. La locura  y la  razón ven las  mismas  cosas, pero es  indudable  que  las  contemplan  de  modo diferente.

4. La  locura  es  un ataque  contra  la  razón  que  la  expulsa  de  la  mente,  y ocupa  su lugar. La  razón no ataca,  sino que, calladamente,  ocupa  el  lugar de  la  locura  y la  reemplaza  si  los  dementes  deciden escucharla.  Pero los  dementes  no conocen su propia  voluntad,  pues  creen ver el  cuerpo,  y permiten que  su propia  locura  les  diga  que  éste  es  real.  La  razón sería  incapaz  de  eso.  Y  si  tú defiendes  el cuerpo  en contra  de  tu razón,  no entenderás  lo que  es  cuerpo  ni  lo  que  eres  tú.

5. El  cuerpo no te  separa  de  tu hermano,  y si  crees  que  lo hace  estás  loco. Pero la  locura  tiene  un propósito,  y cree  también  disponer de  los  medios  que  lo  pueden convertir en realidad.  Ver el  cuerpo como  una  barrera  que  separa  aquello  que  la  razón te  dice  que  no puede  sino estar  unido, sólo puede ser una  locura.  Y  no lo podrías  ver de  ese  modo  si  escuchases  la  voz  de  la  razón.  ¿Qué  puede  haber que  se  interponga  entre  lo  que  es  un continuo?  Y  si  nada  se  interpone, ¿cómo se  podría  excluir  de otras  partes  lo que  pasa  a  formar  parte  de  cualquiera  de  ellas?  Esto es  lo que  la  razón  te  diría. Mas piensa  en lo que  tendrías  que  admitir si  esto  fuese  así.

6. Si  eliges  el  pecado  en vez  de  la  curación, estás  condenando al  Hijo de  Dios  a  aquello que  jamás puede ser corregido. Le dices, con tu elección, que está condenado, separado de ti y de su Padre para siempre, y sin esperanza de jamás poder retornar a salvo. Eso es lo que le enseñas, y aprenderás de él exactamente lo que le enseñes. Pues lo único que le puedes enseñar es que él es como tu quieres que él sea, y lo que eliges que él sea es lo que eliges para ti. Mas no pienses que esto es temible. Que estás unido a él es un hecho, no una interpretación. ¿Cómo puede un hecho ser temible a menos que esté en desacuerdo con lo que tienes en más estima que la verdad? La razón te diría que este hecho es tu liberación.

7. Ni tu hermano ni tú podéis ser atacados por separado. Ni tampoco puede ninguno de vosotros aceptar un milagro sin que el otro no sea igualmente bendecido por él y curado del dolor. La razón, al igual que el amor, desea tranquilizarte, y no es su intención infundirte temor. El poder de curar al Hijo de Dios se te concede a ti porque él no puede sino ser uno contigo. Tú eres responsable de cómo él se ve a sí mismo. Y la razón te dice que se te ha concedido poder transformar su mente por completo -la cual es una contigo- en sólo un instante. Y cualquier instante sirve para llevar a cabo una completa corrección de todos sus errores y restituirle su plenitud. El instante en que elijas ser curado, en ese mismo instante se verá que se ha salvado completamente junto contigo. Se te ha dado la razón para que entiendas que esto es así. Pues la razón, que es tan benévola como la finalidad para la que se emplea, te aleja constantemente de la locura y te conduce hacia el objetivo de la verdad. Y ahí te desharás de la carga que supone negar la verdad. ¡Y ésa es la carga que es terrible, no la verdad!

8. En el hecho de que tú y tu hermano estáis unidos reside vuestra salvación: el regalo del Cielo, no el del miedo. ¿Consideras acaso que el Cielo es una carga para ti? En la locura lo es. Sin embargo, lo que la locura ve tiene que ser disipado por la razón. La razón te asegura que el Cielo es lo que quieres y lo único que quieres. Escucha a Aquel que te habla con raciocinio y que pone tu razón en armonía con la Suya. Resuélvete a dejar que la razón sea el medio por el que Él te indique cómo dejar atrás la demencia. No te ocultes tras la demencia para escapar de la razón. Lo que la locura encubriría, el Espíritu Santo lo pone al descubierto para que todo el mundo lo contemple con júbilo.

9. Tú eres el salvador de tu hermano. Él es el tuyo. A la razón le es muy grato hablar de esto. El Amor le infundió amor a este plan benevolente. Y lo que el Amor planea es semejante a Sí Mismo en esto: al estar unido a ti, Él desea que aprendas lo que debes ser. Y dado que tú eres uno con Él, se te tiene que haber encomendado que des lo que Él ha dado, y todavía sigue dando. Dedica aunque sólo sea un instante a la grata aceptación de lo que se te ha encomendado darle a tu hermano, y reconoce con él lo que se os ha dado a ambos. Dar no es más bendito que recibir, pero tampoco es menos.

10. Al Hijo de Dios se le bendice siempre cual uno Solo. Y a medida que su gratitud llega hasta ti que le bendijiste, la razón te dirá que es imposible que tú estés excluido de la bendición. La gratitud que él te ofrece te recuerda las gracias que tu Padre te da por haberlo completado a Él. Y la razón te dice que sólo así puedes entender lo que tú debes ser. Tu Padre está tan cerca de ti como tu hermano. Sin embargo, ¿qué podría estar más cerca de ti que tu propio Ser?

11. El poder que ejerces sobre el Hijo de Dios no supone una amenaza para su realidad. Por el contrario, sólo da testimonio de ella. Y si él ya es libre, ¿dónde podría radicar su libertad sino en él mismo? ¿Y quién podría encadenarle, sino él a sí mismo cuando se niega la libertad? De Dios nadie se burla, ni tampoco puede Su Hijo ser aprisionado, salvo por su propio deseo. Y por su propio deseo es también como se libera. En eso radica su fuerza, no su debilidad. Él está a merced de sí mismo. Y cuando elige ser misericordioso, en ese momento se libera. Mas cuando elige condenarse a sí mismo, se convierte en un prisionero, que encadenado, espera su propio perdón para poderse liberar.

T21. V. La función de la razón


*T21. V. La función de la razón* 

1. La percepción selecciona y configura el mundo que ves. Literalmente lo selecciona siguiendo las directrices de la mente. Las leyes del tamaño, de la forma y de la luminosidad tendrían validez, quizá, si otras cosas fuesen iguales. Pero no lo son. Pues es mucho más probable que halles lo que buscas que lo que prefieres pasar por alto. La apacible y queda Voz que habla en favor de Dios no se ve ahogada por los estridentes gritos e insensatos arranques de furia con los que el ego acosa a aquellos que desean escucharla. La percepción es una elección, no un hecho. Pero de esta elección depende mucho más de lo que te has dado cuenta hasta ahora. Pues tu creencia acerca de quien eres depende enteramente de la voz que elijas escuchar y de los panoramas que elijas ver. La percepción da testimonio únicamente de esto, nunca de la realidad. Puede mostrarte, no obstante, bajo qué condiciones es posible tener conciencia de la realidad, o aquellas en las que nunca sería posible.

2. La realidad no necesita tu cooperación para ser lo que es. Pero tu conciencia de ella necesita tu ayuda, ya que tener esa conciencia es algo que tú eliges. Si le prestas oídos a los dictados del ego y ves lo que él te indica ver, no podrás sino considerarte a ti mismo insignificante, vulnerable y temeroso. Experimentarás depresión, una sensación de no valer nada, así como sentimientos de inestabilidad e irrealidad. Creerás que eres la desvalida víctima de fuerzas que están más allá de tu control y que son mucho más poderosas que tú. Y creerás que el mundo que fabricaste rige tu destino. Pues tendrás fe en eso. Pero no creas que porque tengas fe en eso, ello pueda hacer que sea real.

3. Hay otra visión y otra Voz en las que reside tu libertad que tan sólo están aguardando tu decisión. Y si depositas tu fe en Ellas, percibirás otro ser en ti. Este otro ser considera que los milagros son algo natural. Pues son tan simples y naturales para él como respirar lo es para el cuerpo. Constituyen la respuesta obvia a las peticiones de ayuda, que es la única que él ofrece. Los milagros le parecen antinaturales al ego porque no entiende cómo es posible que mentes separadas puedan influenciarse unas a otras. Y si estuviesen separadas ciertamente no podrían hacerlo. Pero las mentes no pueden estar separadas. Este otro ser es perfectamente consciente de esto. Y así, reconoce que los milagros no afectan la mente de otro, sino la suya propia. Los milagros siempre cambian tu mente, pues no hay ninguna otra.

4. No te das cuenta de hasta qué punto la idea de la separación ha interferido en el ejercicio de la razón. La razón mora en el otro ser que has excluido de tu conciencia. Y nada de lo que has permitido que permanezca en ella es capaz de razonar. ¿Cómo va a ser posible que aquel segmento de la mente que está desprovisto de razón pueda entender lo que es la razón, o comprender la información que ésta le podría suministrar? De ese segmento pueden surgir todo tipo de preguntas, pero dado que la pregunta básica sólo puede proceder de la razón, él jamás la podrá plantear. Al igual que todo lo que procede de la razón, la pregunta básica es simple y obvia, si bien, aún no se ha planteado. Mas no creas que la razón no la podría contestar.

5. El plan de Dios para tu salvación no se habría podido establecer sin tu voluntad y consentimiento. Tuvo que haber sido aceptado por el Hijo de Dios, pues lo que Dios dispone para él, él no puede sino aceptarlo. Y Dios no dispone nada sin Su Hijo, ni Su Voluntad depende del tiempo para consumarse. Por lo tanto, lo que se unió a la Voluntad de Dios tiene que encontrarse en tí ahora, puesto que es eterno. Tienes que haber reservado un lugar en el que el Espíritu Santo puede morar, y donde ya se encuentra. Él tiene que haber estado ahí desde que surgió la necesidad de Él, la cual quedó satisfecha en ese mismo instante. Eso es lo que tu razón te diría, si escuchases. Mas es claro que ése no es el razonamiento del ego. El hecho de que la naturaleza de tu razón le sea ajena al ego, es prueba de que no hallarás la respuesta en él. No obstante, si esto es así, dicha respuesta tiene que existir. Y si existe para ti, y su propósito es tu libertad, debes ser libre de encontrarla.

6. El plan de Dios es muy simple; nunca es indirecto ni se derrota a sí mismo. Dios no tiene otros Pensamientos excepto los que extienden Su Ser, y en esto tu voluntad tiene que estar incluida. Así pues, debe haber una parte en ti que conoce Su Voluntad y la comparte. No tiene sentido preguntar si lo que tiene que ser como es, lo es. Pero sí tiene sentido preguntar por qué no eres consciente de lo que no puede sino ser como es, pues debe haber una respuesta para ello si al plan de Dios para tu salvación no le falta nada. Y no puede faltarle nada porque su Fuente no conoce la incompleción.

7. ¿Y dónde podría encontrarse la respuesta sino en la Fuente? ¿Y dónde estás tú sino allí donde se encuentra esa misma respuesta? Tu Identidad, que es un efecto tan verdadero de esa Fuente como lo es la respuesta, tiene, por lo tanto, que estar unida a ella y ser lo mismo que ella. Por supuesto que sabes esto, y mucho más que esto. Pero cualquier parte del conocimiento supone una amenaza tan seria para la disociación como todo el conocimiento en sí. Y dispondrás de todo el conocimiento con cualquier parte de él. He aquí la parte que tú puedes aceptar. Puedes ver lo que la razón té señala porque los testigos a su favor son inequívocos. Sólo aquellos que son completamente dementes podrían hacer caso omiso de ellos, y tú ya has dejado atrás esa etapa. La razón es un medio que sirve para los fines del Espíritu Santo por derecho propio. No se puede re-interpretar ni re-canalizar para que se ajuste a la meta del pecado, tal como se hace con otros medios. Pues la razón está más allá del alcance de los medios del ego.

8. La fe, la percepción y la creencia pueden estar mal ubicadas y servir de apoyo tanto para las necesidades del gran embaucador como para las de la verdad. Pero la razón no tiene cabida en la locura, ni se puede adaptar a sus fines en modo alguno. La fe y la creencia están firmemente arraigadas en la locura, y conducen la percepción hacia aquello que la mente ha considerado valioso. Pero la razón no participa en esto en absoluto. Pues si se aplicase la razón, la percepción cesaría instantáneamente. La razón no forma parte de la demencia, pues ésta depende enteramente de la ausencia de aquella. El ego nunca hace uso de la razón porque no es consciente de su existencia. Los que son parcialmente locos tienen acceso a ella, y sólo ellos la necesitan. El conocimiento no depende de la razón, y la locura la mantiene afuera.

9. La parte de la mente donde reside la razón se consagró, de acuerdo con tu voluntad en unión con la de tu Padre, al des-hacimiento de la demencia. Ahí el propósito del Espíritu Santo se aceptó y consumó simultáneamente. La razón le es ajena a la demencia, y aquellos que hacen uso de ella han adquirido un medio que no puede dedicarse al pecado. El conocimiento está mucho más allá de lo que se puede lograr. Pero la razón puede servir para abrir las puertas que tú le cerraste.

10. Ya estás muy cerca de esto. Tu fe y tus creencias han cambiado y has hecho la pregunta que el ego nunca haría. ¿No te dice tu razón ahora que la pregunta debe haber emanado de algo que tú no conoces, pero que aun así debe ser parte de ti? La fe y la creencia, apoyadas por la razón, producen forzosamente un cambio en tu percepción. Y con este cambio se le hace sitio a la visión. La visión se extiende más allá de sí misma, tal como lo hacen el propósito al que sirve, así como todos los medios para su consecución.

T21. IV. El miedo a mirar adentro


*T21. IV. El miedo a mirar adentro*

1. El Espíritu Santo jamás te enseñará que eres un pecador. Corregirá tus errores, pero eso no es algo que le pueda causar temor a nadie. Tienes un gran temor a mirar en tu interior y ver el pecado que crees que se encuentra allí. No tienes miedo de admitir esto. El ego considera muy apropiado que se asocie el miedo con el pecado, y sonríe con aprobación. No teme dejar que te sientas avergonzado. No pone en duda la creencia y la fe que tienes en el pecado. Sus templos no se tambalean por razón de ello. Tu certeza de que dentro de ti anida el pecado no hace sino dar fe de tu deseo de que esté allí para que se pueda ver. Sin embargo, esto tan sólo aparenta ser la fuente del temor.

2. Recuerda que el ego no está solo. Su dominio está circunscrito, y teme a su "enemigo" desconocido, a Quien ni siquiera puede ver. Te pide imperiosamente que no mires dentro de ti, pues si lo haces tus ojos se posarán sobre el pecado y Dios te cegará. Esto es lo que crees, y, por lo tanto, no miras. Mas no es éste el temor secreto del ego, ni tampoco el tuyo que eres su siervo. El ego, vociferando destempladamente y demasiado a menudo, profiere a gritos que lo es. Pues bajo ese constante griterío y esas declaraciones disparatadas, el ego no tiene ninguna certeza de que lo sea. Tras tu temor de mirar en tu interior por razón del pecado, se oculta todavía otro temor, y uno que hace temblar al ego.

3. ¿Qué pasaría si mirases en tu interior y no vieses ningún pecado? Esta "temible" pregunta es una que el ego nunca plantea. Y tú que la haces ahora estás amenazando demasiado seriamente todo su sistema defensivo como para que él se moleste en seguir pretendiendo que es tu amigo. Aquellos que se han unido a sus hermanos han abandonado la creencia de que su identidad reside en el ego. Una relación santa es aquella en la que te unes con lo que en verdad forma parte de ti. Tu creencia en el pecado ha sido quebrantada, y ahora no estás totalmente reacio a mirar dentro de ti y no ver pecado alguno.

4. Tu liberación no es aún total: todavía es parcial e incompleta, aunque ya ha despuntado en ti. Al no estar completamente loco, has estado dispuesto a contemplar una gran parte de tu demencia y a reconocer su locura. Tu fe está comenzando a interiorizarse más allá de la demencia hacia la razón. Y lo que tu razón te dice ahora, el ego no lo quiere oír. El propósito del Espíritu Santo fue aceptado por aquella parte de tu mente que el ego no conoce y que tú tampoco conocías. Sin embargo, esa parte, con la que ahora te identificas, no teme mirarse a sí misma. No conoce el pecado. ¿De qué otra forma, sino, habría estado dispuesta a considerar el propósito del Espíritu Santo como suyo propio?

5. Esta parte ha visto a tu hermano y lo ha reconocido perfectamente desde los orígenes del tiempo. Y no ha deseado más que unirse a él y ser libre nuevamente, como una vez lo fue. Ha estado esperando el nacimiento de la libertad, la aceptación de la liberación que te espera. Y ahora reconoces que no fue el ego el que se unió al propósito del Espíritu Santo, y, por lo tanto, que tuvo que haber sido otra cosa. No creas que esto es una locura, pues es lo que te dice la razón y se deduce perfectamente de lo que ya has aprendido.

6. En las enseñanzas del Espíritu Santo no hay inconsistencias. Éste es el razonamiento de los cuerdos. Has percibido la locura del ego, y no te ha dado miedo porque elegiste no compartirla. Pero aún te engaña a veces. No obstante, en tus momentos más lúcidos, sus desvaríos no producen ningún terror en tu corazón. Pues te has dado cuenta de que no quieres los regalos que el ego te quitaría de rabia por tu "presuntuoso" deseo de querer mirar adentro. Todavía quedan unas cuantas baratijas que parecen titilar y llamarte la atención. No obstante, ya no "venderías" el Cielo por ellas.

7. Y ahora el ego tiene miedo. Mas lo que él oye aterrorizado, la otra parte de tu mente lo oye como la más dulce melodía: el canto que añoraba oír desde que el ego se presentó en tu mente por primera vez. La debilidad del ego es su fortaleza. El himno de la libertad, el cual canta en alabanza de otro mundo, le brinda esperanzas de paz. Pues recuerda al Cielo, y ve ahora que el Cielo por fin ha descendido a la tierra, de donde el dominio del ego lo había mantenido alejado por tanto tiempo. El Cielo ha llegado porque encontró un hogar en tu relación en la tierra. Y la tierra no puede retener por más tiempo lo que se le ha dado al Cielo como suyo propio.

8. Contempla amorosamente a tu hermano, y recuerda que la debilidad del ego se pone de manifiesto ante vuestra vista. Lo que el ego pretendía mantener separado se ha encontrado y se ha unido, y ahora contempla al ego sin temor. Criatura inocente de todo pecado, sigue el camino de la certeza jubilosamente. No dejes que la demente insistencia del miedo de que la certeza reside en la duda te detenga. Eso no tiene sentido. ¿Qué importa cuán imperiosamente se proclame? Lo que es insensato no cobra sentido porque se repita o se aclame. El camino de la paz está libre y despejado. Síguelo felizmente, y no pongas en duda lo que no puede sino ser cierto.

miércoles, 17 de julio de 2019

T21. III. Fe, creencia y visión


*T21. III. Fe, creencia y visión*

1. Todas las relaciones especiales tienen como meta el pecado, pues son tratos que se hacen con la realidad, a la que la aparente unión se adapta. No te olvides de esto: hacer tratos es fijar límites, y no podrás sino odiar a cualquier hermano con el que tengas una relación parcial. Quizá trates de respetar el trato en nombre de lo que es "justo", exigiendo a veces ser tú el que pague, aunque lo más frecuente es que se lo exijas al otro. Al hacer lo que es "justo", pues, tratas de mitigar la culpabilidad que emana del propósito que aceptaste para la relación. Y por eso el Espíritu Santo tiene que cambiar su propósito para que sea de utilidad para Él e inofensiva para ti.

2. Si aceptas este cambio, habrás aceptado la idea de hacerle sitio a la verdad. La fuente del pecado habrá desaparecido. Tal vez te imagines que todavía experimentas sus efectos, pero el pecado ha dejado de ser tu propósito y ya no lo quieres más. Nadie permite que su propósito sea reemplazado mientras todavía lo siga deseando, pues nada se quiere y se protege más que un objetivo que la mente haya aceptado. Lo perseguirá, sombría o felizmente, pero siempre con fe y con la perseverancia que la fe inevitablemente trae consigo. El poder de la fe jamás se puede reconocer si se deposita en el pecado. Pero siempre se reconoce si se deposita en el amor.

3. ¿Por qué te resulta tan extraño que la fe pueda mover montañas? En realidad, ésa es una hazaña insignificante para semejante poder. Pues la fe puede mantener al Hijo de Dios encadenado mientras él crea que lo está. Mas cuando se libre de las cadenas será simplemente porque habrá dejado de creer en ellas, al retirar su fe de la idea de que lo podían aprisionar, y depositarla en cambio en su libertad. Es imposible tener fe en dos orientaciones opuestas. La fe que depositas en el pecado se la quitas a la santidad. Y lo que le ofreces a la santidad se lo has quitado al pecado.

4. La fe, la creencia y la visión son los medios por los que se alcanza el objetivo de la santidad. A través de ellos el Espíritu Santo te conduce al mundo real, alejándote de todas las ilusiones en las que habías depositado tu fe. Ése es su rumbo, el único que Él jamás ve. Y cuando te desvías, Él te recuerda que no hay ningún otro. Su fe, Su creencia y Su visión son para ti. Y cuando las hayas aceptado completamente en lugar de las tuyas, ya no tendrás necesidad de ellas. Pues la fe, la creencia y la visión únicamente tienen sentido antes de que se alcanza la certeza. En el Cielo son desconocidas. El Cielo, no obstante, se alcanza a través de ellas.

5. No es posible que al Hijo de Dios le falte fe, pero sí puede elegir dónde desea depositarla. La falta de fe no es realmente falta de fe, sino fe que se ha depositado en lo que no es nada. La fe que se deposita en las ilusiones no carece de poder, pues debido a ello el Hijo de Dios cree ser impotente. De ese modo, no se es fiel a sí mismo, pero sí tiene gran fe en las ilusiones que abriga acerca de sí mismo. Pues tú inventaste la fe, la percepción y la creencia a fin de perder la certeza y encontrar el pecado. Este rumbo demente fue tu propia elección, y al depositar tu fe en lo que habías elegido, fabricaste lo que deseabas.

6. El Espíritu Santo puede valerse de todos los medios que tú has empleado para ir en pos del pecado. Pero tal como Él se vale de ellos te alejan del pecado, porque Su propósito apunta en dirección contraria. Él ve los medios que empleas, pero no el propósito para el que los inventaste. Su intención no es quitártelos, pues reconoce su valor y los ve como un medio de alcanzar lo que Él dispone para ti. Inventaste la percepción a fin de poder elegir entre tus hermanos e ir en busca del pecado con ellos. El Espíritu Santo ve la percepción como un medio de enseñarte que la visión de la relación santa es lo único que deseas ver. Pues entonces depositarás toda tu fe en la santidad, al desearla y creer en ella por razón de tu deseo.

7. La fe y la creencia se unen a la visión, ya que todos los medios que una vez sirvieron para los fines del pecado se canalizan ahora hacia la santidad. Pues a lo que tú llamas pecado, no es más que una limitación, y odias a todo aquel que tratas de reducir a un cuerpo porque le temes. Al negarte a perdonarlo, lo condenas al cuerpo porque tienes en gran estima los medios del pecado. Y así, depositas toda tu fe y creencia en el cuerpo. Pero la santidad quiere liberar a tu hermano, y eliminar el odio eliminando el miedo, no en el nivel de los síntomas, sino de raíz.

8. Aquellos que quieren liberar a sus hermanos del cuerpo no tienen miedo. Pues han renunciado a los medios del pecado al elegir que se eliminen todas sus limitaciones. Puesto que desean ver a sus hermanos bajo el manto de la santidad, el poder de su creencia y de su fe ve más allá del cuerpo, facilitando la visión, no obstruyéndola. Pero antes de eso decidieron reconocer lo mucho que su fe había limitado su entendimiento del mundo, y desearon depositarla en otro lugar en caso de que se les ofreciese otro punto de vista. Los milagros que siguen a esta decisión nacen también de la fe. Pues a todos aquellos que eligen apartar su mirada del pecado se les concede la visión y se les conduce a la santidad.

9. Aquellos que creen en el pecado deben pensar que el Espíritu Santo exige sacrificios, pues creen que ésa es la manera de alcanzar su objetivo. Hermano, el Espíritu Santo sabe que el sacrificio no aporta nada. Él no hace tratos. Y si intentas imponerle límites, lo odiarás porque tendrás miedo de Él. El regalo que Él te ha hecho es mucho más valioso que cualquier otra cosa a este lado del Cielo. El momento en que esto se ha de reconocer está al llegar. Une tu conciencia a lo que ya está unido. La fe que depositas en tu hermano puede lograrlo, pues Aquel que ama el mundo lo está viendo por ti, sin ninguna mancha de pecado sobre él y envuelto en una inocencia tal que contemplarlo es contemplar la belleza del Cielo.

10. Tu fe en el sacrificio ha hecho que éste tenga gran poder ante tus ojos, salvo que no te das cuenta de que no puedes ver debido a él. Pues sólo se le puede exigir sacrificio al cuerpo, y sólo otro cuerpo podría exigirlo. La mente, de por sí, no podría ni exigirlo ni recibirlo. El cuerpo tampoco. La intención está en la mente, que trata de valerse del cuerpo para poner en práctica los medios del pecado en los que ella cree. Y así, los que valoran el pecado no pueden sino creer que la mente y el cuerpo están unidos. Y de este modo, el sacrificio es, invariablemente, un medio para imponer límites, y, por consiguiente, para odiar.

11. ¿Crees acaso que al Espíritu Santo le preocupa eso? Él no te da aquello de lo que, de acuerdo con Su propósito, te quiere apartar. Tú crees que Él te quiere privar de algo por tu propio bien. Pero los términos "bien" y "privación" son opuestos, y no pueden reconciliarse de ninguna forma que tenga significado. Es como decir que la luna y el sol son una misma cosa porque vienen de noche y de día respectivamente, y que, por lo tanto, no pueden sino formar una unidad. Mas ver uno de ellos significa que el otro ya no se puede ver. Tampoco es posible que lo que irradia luz sea lo mismo que lo que depende de la obscuridad para poder ser visto. Ninguno de ellos exige el sacrificio del otro. Cada uno de ellos, no obstante, depende de la ausencia del otro.


  1. 12. El cuerpo se concibió para que sirviese de sacrificio al pecado, y así es como aún se le considera en las tinieblas. A la luz de la visión, no obstante, se le considera de manera muy distinta. Puedes confiar en que servirá fielmente al propósito del Espíritu Santo, y puedes conferirle poder para que se vuelva un instrumento de ayuda a fin de que los ciegos puedan ver. Mas cuando ellos vean, mirarán más allá de él, al igual que tú. A la fe y a la creencia que depositaste en el cuerpo les corresponde estar más allá de él. Transferiste tu percepción, tu creencia y tu fe de la mente al cuerpo. Deja que éstas les sean devueltas ahora a aquello que las produjo y que todavía puede valerse de ellas para salvarse de lo que inventó. 

T21. II. Somos responsables de lo que vemos


*T21. II. Somos responsables de lo que vemos*

1. Hemos repetido cuán poco se te pide para que aprendas este curso. Es la misma pequeña dosis de buena voluntad que necesitas para que toda tu relación se transforme en dicha; el pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo a cambio del cual Él te da todo; lo poco sobre lo que se basa la salvación; el pequeño cambio de mentalidad por el que la crucifixión se transforma en resurrección. Y puesto que es cierto, es tan simple que es imposible que no se entienda perfectamente. Puede ser rechazado, pero no es ambiguo. Y si decides oponerte a ello, no es porque sea incomprensible, sino más bien porque ese pequeño costo parece ser, a tu juicio, un precio demasiado alto para pagar por la paz.

2. Esto es lo único que tienes que hacer para que se te conceda la visión, la felicidad, la liberación del dolor y el escape del pecado. Di únicamente esto, pero dilo de todo corazón y sin reservas, pues en ello radica el poder de la salvación: Soy responsable de lo que veo. Elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar. Y todo lo que parece sucederme yo mismo lo he pedido, y se me concede tal como lo pedí. No te engañes por más tiempo pensando que eres impotente ante lo que se te hace. Reconoce únicamente que estabas equivocado, y todos los efectos de tus errores desaparecerán.

3. Es imposible que el Hijo de Dios pueda ser controlado por sucesos externos a él. Es imposible que él mismo no haya elegido las cosas que le suceden. Su poder de decisión es lo que determina cada situación en la que parece encontrarse, ya sea por casualidad o por coincidencia. Y ni las coincidencias ni las casualidades son posibles en el universo tal como Dios lo creó, fuera del cual no existe nada. Si sufres es porque decidiste que tu meta era el pecado. Si eres feliz, es porque pusiste tu poder de decisión en manos de Aquel que no puede sino decidir a favor de Dios por ti. Éste es el pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo, y hasta esto Él te da para que te lo des a ti mismo. Pues mediante este regalo se te concede el poder de liberar a tu salvador para que él a su vez te pueda dar la salvación a ti.

4. No resientas tener que dar esta pequeña ofrenda, pues si no la das seguirás viendo el mundo tal como lo ves ahora. Mas si la das, todo lo que ves desaparecerá junto con él. Nunca se dio tanto a cambio de tan poco. Este intercambio se efectúa y se conserva en el instante santo. Ahí, el mundo que no deseas se lleva ante el que sí deseas. Y el mundo que sí deseas se te concede, puesto que lo deseas. Mas para que esto tenga lugar, debes primero reconocer el poder de tu deseo. Tienes que aceptar su fuerza, no su debilidad. Tienes que percibir que lo que es tan poderoso como para construir todo un mundo puede también abandonarlo, y puede asimismo aceptar corrección si está dispuesto a reconocer que estaba equivocado.

5. El mundo que ves no es sino el testigo fútil de que tenías razón. Es un testigo demente. Tú le enseñaste cuál tenía que ser su testimonio, y cuando te lo repitió, lo escuchaste y te convenciste a ti mismo de que lo que decía haber visto era verdad. Has sido tú quien se ha causado todo esto a sí mismo. Sólo con que comprendieses esto, comprenderías también cuán circular es el razonamiento en que se basa tu "visión". Eso no fue algo que se te dio. Ése fue el regalo que tú te hiciste a ti mismo y que le hiciste a tu hermano. Accede, entonces, a que se le quite y a que sea reemplazado por la verdad. Y a medida que observes el cambio que tiene lugar en él, se te concederá poder verlo en ti mismo.

6. Tal vez no veas la necesidad de hacer esta pequeña ofrenda. Si ése es el caso, examina más detenidamente lo que dicha ofrenda representa. Y no veas en ella otra cosa que el absoluto intercambio de la separación por la salvación. El ego no es más que la idea de que es posible que al Hijo de Dios le puedan suceder cosas en contra de su voluntad, y, por ende, en contra de la Voluntad de su Creador, la cual no puede estar separada de la suya. Con esta idea fue con lo que el Hijo de Dios reemplazó su voluntad, en rebelión demente contra lo que no puede sino ser eterno. Dicha idea es la declaración de que él puede privar a Dios de Su poder y quedarse con él para sí mismo, privándose de este modo de lo que Dios dispuso para él. Y es esta descabellada idea la que has entronado en tus altares y a la que rindes culto. Y todo lo que supone una amenaza para ella parece atacar tu fe, pues en ella es donde la has depositado. No pienses que te falta fe, pues tu creencia y confianza en dicha idea son ciertamente firmes.

7. El Espíritu Santo puede hacer que tengas fe en la santidad, y darte visión para que la puedas ver fácilmente. Mas no has dejado libre y despejado el altar donde a estos dones les corresponde estar. Y donde ellos debieran estar, has colocado tus ídolos, los cuales has consagrado a otra cosa. A esa otra "voluntad" que parece decirte lo que ha de ocurrir, le confieres realidad. Por lo tanto, aquello que te demostraría lo contrario no puede por menos que parecerte irreal. Lo único que se te pide es que le hagas sitio a la verdad. No se te pide que inventes o que hagas lo que está más allá de tu entendimiento. Lo único que se te pide es que dejes entrar a la verdad, que ceses de interferir en lo que ha de acontecer de por sí y que reconozcas nuevamente la presencia de lo que creíste haber desechado.

8. Accede, aunque sólo sea por un instante, a dejar tus altares libres de lo que habías depositado en ellos, y no podrás sino ver lo que realmente se encuentra allí. El instante santo no es un instante de creación, sino de reconocimiento. Pues el reconocimiento procede de la visión y de la suspensión de todo juicio. Sólo entonces es posible mirar dentro de uno mismo y ver lo que no puede sino estar allí, claramente a la vista y completamente independiente de cualquier inferencia o juicio. Deshacer no es tu función, pero sí depende de ti el que le des la bienvenida o no. La fe y el deseo van de la mano, pues todo el mundo cree en lo que desea.

9. Ya hemos dicho que hacerse ilusiones es la manera en que el ego lidia con lo que desea para tratar de convertirlo en realidad. No hay mejor demostración del poder del deseo, y, por ende, de la fe, para hacer que sus objetivos parezcan reales y posibles. La fe en lo irreal conduce a que se tengan que hacer ajustes en la realidad para que se amolde al objetivo de la locura. El objetivo del pecado induce a la percepción de un mundo temible para justificar su propósito. Verás aquello que desees ver. Y si la realidad de lo que ves es falsa, lo defenderás no dándote cuenta de todos los ajustes que has tenido que hacer para que ello sea como lo ves.

10. Cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. El propósito ahora es mantener la causa oculta del efecto y hacer que el efecto parezca ser la causa. Esta aparente autonomía del efecto permite que se le considere algo independiente, y capaz de ser la causa de los sucesos y sentimientos que su hacedor cree que el efecto suscita. Anteriormente hablamos de tu deseo de crear a tu propio creador, y de ser el padre y no el hijo de él. Éste es el mismo deseo. El Hijo es el efecto que quiere negar a su Causa. Y así, él parece ser la causa y producir efectos reales. Pero lo cierto es que no puede haber efectos sin causa, y confundir ambas cosas es simplemente no entender ninguna de las dos.

11. Es tan esencial que reconozcas que tú has fabricado el mundo que ves, como que reconozcas que tú no te creaste a ti mismo. Pues se trata del mismo error. Nada que tu Creador no haya creado puede ejercer influencia alguna sobre ti. Y si crees que lo que hiciste puede dictarte lo que debes ver y sentir, y tienes fe en que puede hacerlo, estás negando a tu Creador y creyendo que tú te hiciste a ti mismo. Pues si crees que el mundo que construiste tiene el poder de hacer de ti lo que se le antoje, estás confundiendo Padre e Hijo, Fuente y efecto.

12. Las creaciones del Hijo son semejantes a las de su Padre. Mas al crearlas, el Hijo no se engaña a sí mismo pensando que él es independiente de su Fuente. Su unión con Ella es la Fuente de su capacidad para crear. Aparte de esto no tiene poder para crear, y lo que hace no significa nada, no altera nada en la creación, depende enteramente de la locura de su hacedor y ni siquiera podría servir para justificarla. Tu hermano cree que él fabricó el mundo junto contigo. De este modo, niega la creación, y cree, al igual que tú, que el mundo que fabricó lo engendró a él. De este modo, niega haberlo fabricado.

13. Mas la verdad es que tanto tú como él fuisteis creados por un Padre amoroso, que os creó juntos y como uno solo. Ve lo que "prueba" lo contrario, y estarás negando toda tu realidad. Reconoce en cambio que fuiste tú quien fabricó todo lo que aparentemente se interpone entre tú y tu hermano y os mantiene separados al uno del otro, y a los dos de vuestro Padre, y tu instante de liberación habrá llegado. Todos los efectos de eso que hiciste desaparecerán porque su fuente se habrá puesto al descubierto. La aparente autonomía de su fuente es lo que te mantiene prisionero. Ése es el mismo error que pensar que eres independiente de la Fuente mediante la cual fuiste creado, y que nunca has abandonado.

T21. I. La canción olvidada


*T21. I. La canción olvidada*

1. No te olvides nunca de que el mundo que "ven" los ciegos tiene que ser imaginario, pues desconocen el verdadero aspecto del mundo. Tienen que inferir lo que se puede ver basándose en datos que son siempre indirectos y reformular sus deducciones según tropiezan y se caen debido a lo que no reconocieron, o bien pasar sin sufrir daño alguno a través de puertas abiertas que ellos creían cerradas. Y lo mismo ocurre contigo. Tú no ves. Las indicaciones en las que te basas para llegar a tus conclusiones son erróneas, y por eso tropiezas y te caes encima de las piedras que no viste, sin darte cuenta de que puedes atravesar las puertas que, aunque creías que estaban cerradas, se encuentran abiertas para los ojos que no ven, esperando a darte la bienvenida.

2. ¡Que descabellado es tratar de juzgar aquello que simplemente se podría ver! No es necesario imaginar qué aspecto debe tener el mundo. Antes de que lo puedas reconocer como lo que es, tienes que verlo. Se te puede mostrar qué puertas están abiertas, para que así puedas ver dónde radica la seguridad, qué camino conduce a las tinieblas y cuál a la luz. Los juicios siempre te darán indicaciones falsas, pero la visión te muestra por donde ir. ¿Por qué tratar de adivinarlo?

3. No hay que sufrir para aprender. Las lecciones benévolas se asimilan con júbilo y se recuerdan felizmente. Deseas aprender lo que te hace feliz y no olvidarte de ello. No es esto lo que niegas. Lo que te preguntas es si los medios a través de los cuales se aprende este curso conducen a la felicidad que promete o no. Si creyeses que sí, no tendrías dificultad alguna para aprender el curso. Todavía no eres un estudiante feliz porque aún no estás seguro de que la visión pueda aportarte más de lo que los juicios te ofrecen, y has aprendido que no puedes tener ambas cosas.

4. Los ciegos se acostumbran a su mundo adaptándose a él. Creen saber cómo desenvolverse en él. Han aprendido a hacerlo, pero no a través de lecciones gozosas, sino a través de la dura necesidad impuesta por las limitaciones que no creían poder superar. Y como todavía lo siguen creyendo, tienen en gran estima a esas lecciones y se aferran a ellas porque no pueden ver. No entienden que son las lecciones en sí las que los mantienen ciegos. Eso no lo creen. Y así, conservan el mundo que aprendieron a "ver" en su imaginación, creyendo que sólo pueden elegir entre eso o nada. Odian el mundo que aprendieron a conocer mediante el dolor. Y todo lo que creen que habita en él sólo sirve para recordarles que están incompletos y que se les ha privado injustamente de algo.

5. Por lo tanto, definen su vida y donde viven, y se adaptan a ello tal como creen que deben hacerlo, temerosos de perder lo poco que tienen. Y lo mismo ocurre con todos aquellos que consideran que lo único que tanto ellos como sus hermanos tienen es el cuerpo. Tratan de comunicarse entre sí, y fracasan una y otra vez. Y se adaptan a la soledad, pues creen que conservar el cuerpo es proteger lo poco que tienen. Presta atención, y mira a ver si te puedes acordar de lo que vamos a hablar ahora.

6. Escucha... tal vez puedas captar un leve atisbo de un estado inmemorial que no has olvidado del todo; tal vez sea un poco nebuloso, mas no te es totalmente desconocido: como una canción cuyo título olvidaste hace mucho tiempo, así como las circunstancias en las que la oíste. No puedes acordarte de toda la canción, sino sólo de algunas notas de la melodía, y no puedes asociarla con ninguna persona o lugar, ni con nada en particular. Pero esas pocas notas te bastan para recordar cuán bella era la canción, cuán maravilloso el paraje donde la escuchaste y cuánto amor sentiste por los que allí estaban escuchándola contigo.

7. Las notas no son nada. Sin embargo, las has conservado, no por ellas mismas, sino como un dulce recordatorio de lo que te haría llorar si recordases cuán querido era para ti. Podrías acordarte, pero tienes miedo, pues crees que perderías el mundo que desde entonces has aprendido a conocer. Sin embargo, sabes que nada en este mundo es ni la sombra de aquello que tanto amaste. Escucha y mira a ver si te acuerdas de una canción muy vieja que sabías hace mucho tiempo y que te era más preciada que cualquier otra melodía que te hayas enseñado a ti mismo desde entonces.

8. Más allá del cuerpo, del sol y de las estrellas; más allá de todo lo que ves, y, sin embargo, en cierta forma familiar para ti, hay un arco de luz dorada que al contemplarlo se extiende hasta volverse un círculo enorme y luminoso. El círculo se llena de luz ante tus ojos. Sus bordes desaparecen, y lo que había dentro deja de estar contenido. La luz se expande y envuelve todo, extendiéndose hasta el infinito y brillando eternamente sin interrupciones ni límites de ninguna clase. Dentro de ella todo está unido en una continuidad perfecta. Es imposible imaginar que pueda haber algo que no esté dentro de ella, pues no hay lugar del que esta luz esté ausente.

9. Ésta es la visión del Hijo de Dios, a quien conoces bien. He aquí lo que ve el que conoce a su Padre. He aquí el recuerdo de lo que eres: una parte de ello que contiene todo ello dentro de sí, y que está tan inequívocamente unida a todo como todo está unido en ti. Acepta la visión que te puede mostrar esto y no el cuerpo. Te sabes esa vieja canción, y te la sabes muy bien. Nada te será jamás tan querido como este himno inmemorial de amor que el Hijo de Dios todavía le canta a su Padre.

10. Y ahora los ciegos pueden ver, pues esa misma canción que entonan en honor de su Creador los alaba a ellos también. La ceguera que inventaron no podrá resistir el vibrante recuerdo de esta canción. Y contemplarán la visión del Hijo de Dios, al recordar quién es aquel al que cantan. ¿Qué es un milagro, sino este recordar? ¿Y hay alguien en quien no se encuentre esta memoria? La luz en uno despierta la luz en los demás. Y cuando la ves en tu hermano, la recuerdas por todos.

21. RAZÓN Y PERCEPCIÓN: Introducción


*21. RAZÓN Y PERCEPCIÓN*


*Introducción*


1. La proyección da lugar a la percepción. El mundo que ves se compone de aquello con lo que tú lo dotaste. Nada más. Pero si bien no es nada más, tampoco es menos. Por lo tanto, es importante para ti. Es el testimonio de tu estado mental, la imagen externa de una condición interna. Tal como el hombre piense, así percibirá. No trates, por lo tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él. La percepción es un resultado, no una causa. Por eso es por lo que el concepto de grados de dificultad en los milagros no tiene sentido. Todo lo que se contempla a través de la visión es sano y santo. Nada que se perciba sin ella tiene significado. Y donde no hay significado, hay caos.

2. La condenación es un juicio que emites acerca de ti mismo, y eso es lo que proyectas sobre el mundo. Si lo ves como algo condenado, lo único que verás es lo que tú has hecho para herir al Hijo de Dios. Si contemplas desastres y catástrofes, es que has tratado de crucificarlo. Si ves santidad y esperanza, es que te has unido a la Voluntad de Dios para liberarlo. Éstas son las únicas alternativas que tienes ante ti. Y lo que veas dará testimonio de tu elección y te permitirá reconocer cuál de ellas elegiste. El mundo que ves tan sólo te muestra cuánta dicha te has permitido ver en ti y aceptar como tuya. Y si ése es su significado, el poder de dar dicha tiene entonces que encontrarse en ti.